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Videoarte. Coge una copa, pónle vino y disfruta.
   

La copa y el vino. Transubstanciación

Nada sabe como esa lenta premonición del trago lánguido y definitivo, temblorosa luz de los relámpagos, más allá del sentido y de los labios.
Nada sabe como esa VIEJA SEDA ROJA en el universo de la copa, adonde acude la noche oscura. La breve combadura por el centro, como armadura dulce de mujer, porque pervivan los aromas, y la boca ancha, abierta al vuelo ácido, a fin de observar mejor los matices y los brillos del NÉCTAR.
El VINO, que habita entre nosotros desde hace casi siete milenios fugitivos, devuelve la certeza a los hombres, cuando atardece, de que ellos también atardecen entre las hojas de la parra, según la costumbre, y él, húmedamente, el instante, el surco, el final del fruto, permanece.
El VINO se vuelve ritual, alquimia, mágica tristeza del reino de los tristes, regocijo del corazón en los alegres, medicina que cura los humores: Hipócrates lo usó como desinfectante, y Galeno, como tonificante y estímulo digestivo.
Según la Biblia, el VINO es uno de los dones incluidos entre las bendiciones que Yahveh dio a la humanidad.
Y fue Cristo, según el evangelio de Juan, quien realizó la primera señal, en Caná de Galilea, al transformar el agua en VINO.
Por aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea, cerca de Nazaret, y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara el vino, le dice a Jesús su madre: “No tienen vino”. Jesús le responde: “Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi hora”. Dice su madre a los sirvientes: “haced lo que él os diga”. Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Les dice Jesús: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. “Sacadlo ahora, les dice y llevadlo al maestresala”. (…)
Y fue Cristo, en la última cena con sus discípulos, quien compartió el pan y el vino, antes de su muerte. Ese momento dio origen al sacramento de la Eucaristía y, desde una interpretación teológica, se produce la transubstanciación: el pan y el vino se hacen su cuerpo y su sangre.